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Necesito decirte adiós para curarme

A veces alejarte no es suficiente. En ocasiones poner distancia no basta. Las heridas profundas no son fáciles de curar. Cuando vives con el corazón abierto sin protección alguna, a la intemperie, sin escudo, corres peligro.

Cuando vas por ahí sin saber elegir quien va a hacerte bien o quien, solo es capaz de pensar en su propio bien, te conviertes en una marioneta que cualquiera puede manejar.

Una vez consigues escapar de las garras de aquellas personas que solo tienen la capacidad de pensar en ellas mismas y la puntería de dar allí donde más duele, vete lejos, sin mirar atrás. No vayas a abrir alguna herida ya curada.

Decir adiós duele. Tanto o más como quedarte ahí, en ese mismo lugar oscuro. Sin embargo no hay otra salida. Decir adiós no quiere decir que ya no sientas nada positivo hacia esa persona. Esa es la complicación del asunto. Decir adiós cuando hay cariño, amor o dependencia emocional se siente como una muerte en vida.

Cuando has llegado al límite. Cuando has jugado con fuego y te has quemado. Cuando has arriesgado todo, para quedarte sin nada. Cuando lo has dado todo, para no recibir nada. Cuando has llegado hasta a enfermar por fuera por sentir tanto dolor por dentro, no queda más opción que seguir tu camino en soledad.

Sanar es soltar. Dejar ir. Desapegarse. Eliminar todo lo tóxico que se ha quedado dentro de ti y hacer una labor de profunda limpieza. Cuando tu salud emocional se ha visto perjudicada, debemos curarla. Y comenzar con hábitos emocionales sanos.

A veces, incluso, debemos morir para volver a ser nosotros mismos, para recuperar nuestra esencia. Comenzar de cero. Resetearnos para eliminar la información que no nos ha ayudado a nuestro crecimiento para reciclarnos con una nueva mentalidad purificada.

Decir adiós también es agradecer. Hay que dar las gracias, siempre. No des lugar al victimismo. Estar enganchado a una persona o una situación que nos hace daño es únicamente responsabilidad nuestra.

No pasa nada si hasta ahora no hemos tenido la fuerza de salir del agujero. No es grave. La conciencia llega cuando dejas a un lado la razón para darle al corazón su lugar correspondiente. Cuando aprendes que para poder amar sanamente a los demás, debes empezar por ti.

La gratitud nos conecta con la emoción. Con aquella emoción que nos corresponde sentir en ese momento. Sea miedo, enfado o tristeza. Conecta con ella y ábrele la puerta. Debes pasar por esas emociones. Debes sentirlas. Y debemos darles las gracias porque son las que nos guían hacia el siguiente paso.

Una vez hayas entrado en el mundo mágico de tus emociones, podrás decir adiós. Despedirse de un modo agradecido es necesario para poder perdonar.

Primero, perdónate a ti por haber tardado tanto en aprender a quererte. En comprender que eres importante y mereces ser feliz. Que tú también tienes derecho a pedir. Que tienes dos manos, una para dar y otra para recibir. Que la naturaleza es sabia, y siempre, sabe lo que hace.

Y después, perdonar a los demás. Los que, por vivir en el miedo, se alejan cada día más del amor. Que no han sido capaces de despertar todavía. Que no quieren aprender a quererse a si mismos porque tienen miedo de encontrarse con cosas que no les gusten nada ahí adentro…

Yo doy gracias por haber despertado. Por haber vivido tanto tiempo en el miedo, para ahora saber con toda claridad que donde quiero es estar aquí. Viviendo con plena conciencia y en el amor verdadero.

Gracias a todos los maestros que tanto me han enseñado. A los que he buscado racionalmente y a los que han aparecido por arte de magia. Siendo los magos de mi clarividencia. Los que han logrado hacerme ver todo lo que veo a día de hoy.

Gracias por abrir mi mundo. Por engrandecer mis horizontes. Por enseñarme que no hay límites. Por aumentar mi fuerza. Gracias por haber respetado mi adiós y así lograr  haberme curado.

¿Y tú, te atreves a decir adiós? Te invito a pensarlo…

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