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No es egoísmo, se llama amor propio

La delgada línea que separa lo que se hace llamar egoísmo y tomar acción para dedicarte a quererte a ti mismo. Ese sentimiento lleno de culpabilidad y miedo cuando comienzas a hacer exactamente eso que te da la gana. El momento en el que te das cuenta de que a la única persona a la que debes dar explicaciones, es a ti mismo.

¿Qué tiene que pasar para qué comencemos a pensar en nosotros mismos?

¿Cuánto tenemos que llorar?

¿Dónde se encuentra el límite del sufrimiento?

Adivina donde están todas las respuestas. Dentro de ti. Como siempre. La decisión de decir basta ya, dar un golpe encima de la mesa, darle la espalda a la falta de comprensión, la tienes tú. Nos queremos tan poco que nos vemos en la obligación de hacer y hacer cosas por los demás. Tantas cosas, que acabas agotado y sin un ápice de energía para dedicarte a ti. Ese sacrificio del que te sientes atrapado, se llama ego.  Y es que a veces parece que tú no existes. Te conviertes en una marioneta dirigida por todas las personas que se cruzan en tu camino. Decides darle el poder al que pasaba por ahí, porque al final, resulta mucho más fácil que los demás decidan por ti por si acaso te equivocas.

Sin embargo, todo esto te hace sufrir. Eliges sufrir cuando te dedicas a opinar de todo. De lo que hacen los demás. De lo qué haces tú. Opinas, juzgas los acontecimientos como buenos o malos en lugar de dejar fluir. Sufres, en lugar de dejarte vivir por la vida. En lugar de vivir tu presente que es lo único que tenemos. El resto, esos pensamientos en bucle que llenan nuestra mente y causan dolor de cabeza, son falsos, no existen.

Querernos a nosotros mismos implica una responsabilidad. Respetarnos significa sentirnos seguros de nuestras decisiones. Todas y cada una de las decisiones que tomas en cada instante de tu día, tienen una repercusión. Te afectan a ti mismo y a las personas que están a tu alrededor. Es por esto que al final querernos a nosotros mismos supone ser más responsables con nuestra vida. Con nuestros actos. Y eso impone enormemente.

Da miedo que haya personas que decidan alejarse de nosotros. Da miedo sentirse solo. Da miedo darse cuenta que cuando más feliz eres, es cuando hay menos gente a tu alrededor. Porque decidieron alejarse en el momento que empezaste a quererte. Porque fuiste tú el que decidió alejarse ya que no aportaban más en tu vida. Lo que todavía no sabes es que cada individuo que forma parte de nuestro mundo, tiene una bonita y útil función que cumplir. A veces, cuando la cumple, se va. No quiere decir que se vaya para siempre, tal vez vuelva, o tal vez no. Y no pasa nada. Es parte del ciclo de la vida. La buena noticia es que otros llegan, y lo más probable es que sea para quedarse, porque a medida tu verdadero yo reaparece, más claro tienes quien quieres que sí esté.

Y todo esto duele. El dolor da miedo. Sentir dolor da miedo. Y es que, a mi modo de entender, avanzar en la vida, duele. Despertar cada día más y ser más consciente, duele. Si no, porque hay tanta gente todavía dormida… Porque sentir que el corazón te duele, no le apetece a nadie. Pero es tan valioso que brilla como si de oro se tratara. Esto es vivir plenamente y en color amarillo deslumbrante. Para mí, todo lo demás, es sobrevivir. Firmo y me reafirmo en seguir sintiendo cada remolino que la vida me presenta. Acepto lo que viene y lo que vendrá con los brazos abiertos porque resistirme al milagro de la vida es todavía más doloroso.

¿Por qué nos da tanto miedo lo que piensen los demás de nosotros?

Porque no nos queremos lo suficiente. Eres el único que puede comprender al completo lo que hay en tu interior. Eres el único capaz de saber lo que es mejor para ti. Nadie más. Nadie vive tu vida. Nadie se pone tu ropa cada día. Nadie se pone tus zapatos cada vez que sales de casa. Nadie va a trabajar en tu oficina y se sienta en tu silla. Nadie come en el mismo plato que tú. Nadie se relaciona con todas las personas que lo haces tú cada jornada. Nadie duerme en tu cama. Nadie tiene tus sueños… Y nadie está en tu mente y mucho menos en tu corazón. Así que la labor de quererte a ti mismo, solo la podrás hacer tú. Nadie lo puede hacer por ti.

Y no eres egoísta. Pensar primero en ti no es un acto de egoísmo, sino todo lo contrario. Si tú estás bien, el resto estará bien. De esto ya habíamos hablado. Quiérete a ti primero, y así podrás querer a los demás. Respétate primero a ti y así podrás respetar a los demás. Compréndete a ti mismo y así, podrás comprender a los demás. Deja de juzgarte para comenzar a perdonarte, y así, podrás dejar de juzgar a los demás, y, en consecuencia, podrás perdonarlos. Aunque en realidad, como dice mi querida Raquel en www.crealidades.com debes saber que no perdonamos a personas ni acontecimientos sino a ilusiones. Ilusiones que nos habíamos hecho hacia ciertas personas o determinadas situaciones. Habíamos puesto una ilusión en eso. Lo hicimos nosotros. Somos los verdaderos responsables de sentir decepción, nadie más lo es.

El amor y el perdón son los valores que más engrandecen al ser humano. Amarte es el mayor acto de amor hacia los demás. Perdonarte es una de las premisas básicas para sentirte en paz. Recuerda, no hay nadie fuera, somos nosotros los que atraemos las situaciones y personas necesarias y en la gratitud hacia esas lecciones aprendidas, está la llave hacia el despertar.

This Post Has 4 Comments

  1. De nuevo dale y dale para ver sí nos enteramos de una vez ( pero con distintas palabras elaborando un incesnte trabajo …) .Yo sí quisiera conseguir lo q tanto derrochas para nuestro mejor vivir cada día , cada minuto , y es q te sobran razones a raudales…nada mejor q la experiencia propia para esponer tanto bueno y poder aprovecharlo .Gracias Carmen por tu trabajo por tu tpo.y por ayudarnos a cuantos te leemos .Enhorabuena.Un beso

    1. Muchas gracias a ti por decirme cosas tan bonitas. Ya eres, querida madre, no le des tantas vueltas. Haces un trabajo maravilloso cada día. Eres pura luz y escribir para personas como tú me llena de alegría. Un besote!

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