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Ser coherente contigo mismo

Os diré que a raíz de mi pasada reflexión, nuestro lugar en el mundo he sido verdaderamente consciente de la complicación que conlleva ser coherente con uno mismo.

Yo me había dado cuenta, sin embargo, cuando te toca enfrentarte a tus propios miedos, cuesta quitarse la famosa venda… Agradezco que cuando me despisto, me avisen aquellas  personas que más me conocen y más me quieren.

Las que me aceptan como soy sin pedir que sea de otra manera. Las que aplauden mis virtudes y quitan hierro a mis defectos. Aquellas que sí son coherentes y dicen las verdades cuando lo consideran necesario.

Aplicar los consejos que damos a los demás, a nosotros mismos, resulta una oportunidad inmensa para conocernos mejor a nosotros mismos. En este caso, vivir de acuerdo al valor de la coherencia nos hace respetarnos a nosotros mismos.

Ser coherente es darle el lugar privilegiado que se merece a nuestro modo de pensar. Ni más ni menos, el que le corresponde. Es tener el valor de expresar libremente nuestras emociones. Y tener la fuerza de actuar acorde con lo anterior.

Nos sabemos la teoría de memoria y en ponerla en práctica está el desafío.

Al buscar la definición de coherencia, la que me encajó más fue la siguiente:

Coherencia: Actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan.

La coherencia es unos de los valores más importantes para mí. Una forma más común de definirlo y que me costó tanto llevar a la práctica: Que lo que digas, lo que hagas y lo que sientas, coincida.

No es nada sencillo. Estar alineado con tus palabras, actos y sentimientos es el resultado de un equilibro interno muy trabajado.

Vigila tus palabras porque, tal vez, has hecho una promesa que no has cumplido. Has despertado la ilusión de alguien prometiendo algo que no has hecho. Tus actos no se corresponden con tus palabras y has hecho daño.

Y esa persona, con la que tuviste una conversación el otro día, que confió en ti cuando tu impulsividad te obligó a tomar una decisión precipitada, sigue esperándote o por el contrario, ya se ha dado cuenta y está muy decepcionada. Tal vez se ha alejado de ti y tu ni siquiera entiendes las razones.

A veces quisiéramos cumplir todas nuestras promesas, hacer cosas para que los demás se sientan felices, sin embargo no se puede abarcar todo lo que quisiéramos. En las relaciones con los demás es indispensable mantener la coherencia para ser sinceros, confiables y ejercer un liderazgo positivo.

Para ser coherente, hace falta honestidad y responsabilidad. A nosotros como personas, también nos ayuda a crecer, a desarrollarnos, es un medio que fortalece el carácter y desarrolla la prudencia, y por consiguiente te hace ser verdaderamente tú, en tu esencia.

La incoherencia nos llega cuando nos dejamos influir demasiado por las personas con las que convivimos o los lugares a los que asistimos. A veces, ocurre que mantenemos la boca cerrada por miedo al qué dirán.

No queremos correr el riesgo de contradecir a alguien o de dar la opinión equivocada, o definitivamente hacemos lo posible por comportarnos según el ambiente para no quedar mal ante nadie.

No es posible formar nuestro criterio y carácter, si somos incapaces de defender los principios que rigen nuestra vida.

Debemos hacer lo posible por mantenernos firmes, aún a costa del cargo, opinión o amistad que aparentemente está en juego.

¿Has pensado porque nos callamos ante determinadas situaciones?

Tienes derecho a defender aquello en lo que crees. Debes vivir de acuerdo con tus valores, los que te guían, los que te hacen sentir bien.

No se trata aquí de discutir sobre el motivo del diálogo, sino de la actitud, de la pasividad con que enfrentamos los temas álgidos, los importantes y los superfluos. ¿De cuántas cosas nos avergonzamos sabiendo que son correctas para nosotros?.

Sé coherente con lo que sientes, no tengas miedo. Tú eres importante igual que lo son los demás. Tu voz merece ser escuchada. Tus sentimientos tienen derecho a ser sentidos.

En ocasiones, nos encontramos con situaciones que ponen en riesgo nuestra coherencia. Cuando un compañero de trabajo te cuenta algo que hace en su propio beneficio pero en contra de la política de la empresa. Si una amiga cuenta su historia en la que está mintiendo y haciendo daño a alguien. O los momentos donde ves claras las intenciones de alguien de hacer sentir mal a una persona.

¿Quien dice que hay que tragar con eso y quedarse callado si te hierve la sangre? Haz caso a tus emociones, son nuestra guía.

Una pieza del puzzle de nuestra inteligencia emocional: La asertividad

Saber decir que no. Elegir no ser cómplice de algo que va en contra de tus principios. Tener la capacidad de decir las cosas que pensamos sin herir a los demás. En realidad, si lo piensas, podemos expresar cualquier cosa que sintamos. Tenemos la plena libertad de comunicar aquello que necesitamos siempre que lo hagamos con cariño, respeto y educación.

Exigimos coherencia en los demás. Sin embargo, ¿trabajamos día a día en ser coherentes con nosotros mismos?. Deseamos que nos valoren más en nuestros trabajos, que los miembros de nuestra familia nos den el trato que creemos que merecemos, que nuestros amigos nos busquen para los planes más entretenidos…

Cuando observes que el resto del mundo no practica la coherencia, indaga un poco en tu interior. Reflexiona si de verdad trabajas en equipo con tus compañeros, si cuidas a todos los miembros de tu familia por igual o si estás pendiente de tus amigos de la manera que te gustaría que lo estén contigo. Plantéate si practicas la lealtad y eres un verdadero amigo de tus amigos.

No me gustaría olvidarme de un concepto fundamental. Aplicable a cada día: La flexibilidad. La flexibilidad es una forma de vida y nos conviene tenerla muy presente.

Debemos aprender a relativizar. Nos enfrentaremos a casos en los que la mejor actitud es el silencio y en los que ceder será la respuesta ante una cuestión de resistencias. Hay cosas sin importancia.

Habrá ocasiones en que la coherencia será la única salida. Este es el motivo por el cual, el ejercicio de la prudencia es determinante, para saber actuar acertadamente en cualquier circunstancia.

¿Qué necesitamos para ser coherentes?

Querer serlo y sacar la fuerza de voluntad necesaria. Ponerlo en nuestra lista de los 10 valores más importantes. Hacerlo prioritario en nuestro modo de vida. Todos tenemos valores.

Hay multitud de valores. Sin embargo cada uno tiene sus prioridades y convive con los que mejor encajan con su personalidad. Conocer lo mejor posible nuestros valores es lo que nos hará convertirnos en personas coherentes.

Una vez somos sinceros con nosotros mismos y establecemos nuestro orden de prioridades, decidimos si estamos pasando a la acción cada día, siendo consecuentes con nuestros valores.

Metamos en un cofre el miedo a ser diferentes y pongamosle un candado. Prediquemos con el ejemplo y despertemos el deseo de ser mejores y ayudar a los demás a formar los valores en su vida.

Con el conocimiento de nuestros valores, hacemos más firmes nuestros principios, descubriendo su verdadero sentido y finalidad, lo que necesariamente nos lleva a ejercitarnos en los valores y vivirlos de manera natural.

Dale preferencia a la coherencia. La experiencia demuestra que vivimos con mayor tranquilidad y nuestras decisiones son más firmes. Hazlo primero por ti y después por los demás. Para que te aprecien como una persona íntegra.

Porque aumenta nuestro prestigio personal, profesional y moral, lo cual garantiza incondicionalmente la estima, el respeto y la confianza de los demás.

Y entonces, podrás irte a la cama todas las noches con el alma en paz. Estar en paz para ser coherente. Ser coherente para estar en paz.

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