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El día que decidí abrazar mi soledad

Me pasé cientos y cientos de lunas con esta foto en mi fondo de pantalla. Necesitaba verla a cada rato. Cuando me despistaba y me iba otra vez por ese camino, el del confort a corto plazo y dolor a largo, frenaba. Lo leía y cambiaba el rumbo.

De ese momento que todos pasamos en el que, o aprendemos a estar solos y a disfrutar de ello o estamos destinados a repetir corazones rotos por doquier. Tanto tiempo escuchando lo mismo. Tantas veces mirando hacia otro lado. Tantas lágrimas. Tanto pánico. Tanto vacío dentro.

La frase dice: Hasta que no te resulte cómodo estar solo, nunca sabrás si eliges a alguien por necesidad/soledad o por amor verdadero.

abrazar la soledad

Esta es la historia de mi reconciliación con la soledad.

No estás sola, decían. Estás muy rodeada. De buena gente. Gente que te quiere. Gente que te apoya. Tu gente. Pero no lo ves. No ves nada. La ceguera. La venda. El orgullo. La ya rutina de tu malestar.

Te acostumbras a estar triste. Y a la queja. No está tan mal, así consigues que te hagan caso. Así logras que no te digan que no. Dar pena, eliges el camino fácil.

Recuerdo entrar en casa y odiar el silencio. Sentir vértigo. Estuve un año sin poder ver la tele. No soportaba el silencio pero al mismo tiempo el ruido era inaguantable.

Mi hermana, me decía: Carmen, abraza tu soledad. Yo la miraba como si estuviera loca, Yo quería su vida, con marido, con hijos, con problemas, con algo…

No entendía nada. O más bien, no quería entender nada. Era la víctima. Repito, el camino fácil. Sin un halo de pensamiento positivo ante mi nueva vida.

Abrir los ojos a una nueva vida, duele. Pero nos empeñamos en pensar que ahora viene lo peor. Y cuantas equivocaciones. Venía lo mejor. Que empeño en irnos a lo peor, siempre.

Y ahora con el paso de los años, comprendo. Que los procesos hay que pasarlos. Que hay que hacerles frente. De Cara. Y que si la vida te da limones, puedes hacer limonada 😉

Así que un día, de esos que entraba en casa y me ahogaba en la tristeza, decidí dar un paso. Hacer eso que me daba tanto miedo. Tenía que empezar por algo.

Era viernes. Los fines de semana me daban más miedo que nada. Entre semana no pasaba nada por estar sola. Pero llegaba el viernes… Miedo.

Así que decidí ir al cine, sola. Por primera vez. Pensé, ¿Qué más da? ¿Y si me miran? Nadie te mira, ¡tampoco eres tan importante! No eres el centro del universo…

Allá me fui. Recuerdo que vi, “El lado bueno de las cosas”. Eso sí, tenía claro que tenía que ser algo que me hiciera sentir bien. Y allí llegué. Y me senté en un cine a tope de gente. Me daba mucha vergüenza.

Me había llamado una amiga y yo le había contado mi reto. Me voy sola al cine, se acabó, tengo que enfrentarme a mis miedos, ¡me lanzo! Ella insistía en acompañarme con su novio, pero no le dejé. Era mi momento.

Lloré en la peli. Mi mente abierta dejó entrar esa gran lección que tiene la moraleja de la historia. Todo, tiene un lado bueno. Las cosas de esta vida, las buenas y no tan buenas, por algo pasan.

Y comencé a darme cuenta de cómo las casualidades no existen. Pero que las causalidades sí. Y fue un gran paso. Puede que para ti sea un mini paso. Sin embargo, para mí fue gigante.

Así que salí de allí y me fui hacia mi casa. En el camino me entró hambre. Por fin, poco a poco, volvía el apetito. Tanto tiempo ausente. Y decidí ponerme otro reto.

Ir a cenar sola. A un japonés que me encantaba al lado de mi casa. Y fui. Y me senté en una mesa. Miedo, otra vez. Y entendí, que la soledad, se puede vivir de muchas maneras. Y que cuando aparece, debemos abrazarla.

Jamás había estado sin pareja. Llevaba la mitad de mi vida, literal, enlazando una relación con otra, lo más insano que puedes elegir. Por primera vez en mis 32 años de entonces, tenía que enfrentarme a cada momento que pasaba en mi día, sin preguntar si lo que hacía estaba bien o estaba mal.

Y vas entendiendo porque te pasan las cosas. La dependencia emocional es la mayor enfermedad del mundo, que crea a seres débiles y vulnerables.

Y pasaban los años y aprendía poco a poco, a abrazar mi soledad y a cogerle gustito. Y sobre todo, crecía, cambiaba, evolucionaba.

Y entonces aprendí que estar sola es vital. Cada día. Un ratito. Estar contigo, dedicarte tiempo. Para pensar. Para hace ejercicio, para mirar al techo. Para lo que te haga feliz. Pero un cachito de día cada día. Descubre tu momento mágico.

Es la primera vez que hablo de esto pero estos días me ha estado rondando mucho por la cabeza. Durante años, me daba vergüenza reconocerlo. Pero así era. Negarlo solo me hacía auto engañarme. Quizás, últimamente he tenido gente cercana viviendo algo parecido y me he trasladado a esa época.

Lo que me queda claro es que debemos agradecer cada dificultad que pasamos en la vida. Todo nos hace crecer, ser mejores. Porque tal vez, no eres ese ser tan maravilloso y no lo sabes todo.

Y mientras crees que la vida se ensaña contigo, no eres capaz de ver que toda esa mierda (perdón) es lo que necesitas, ahora. Y que tal vez te falta humildad, que no eres el mejor y que no tienes ni idea.

Y es que no sabemos nada. De nada. La vida nos enseña hasta el día de nuestra muerte. Y así quiero seguir, cada día. Aprendiendo. De mí. De ti. Y de todo lo que está por llegar.

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