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Y de repente dejé de tener prisa

Un buen día iba en el coche un poco estresada por el tráfico y querer llegar rápido a los sitios. Me dediqué a observarme un momento. El corazón latía muy rápido. Y estaba nerviosa. Dediqué unos minutos a pensar en que me estaba pensando.

¿Porqué tenía tanta prisa?. ¿Podía hacer yo algo frente al atasco? Podía ir en plan rally intentando esquivar los coches y así ganar 10 minutos. Sólo 1o insignificantes minutos. Miré a mi alrededor y me di cuenta del estado de nervios que tenía la gente en general.

¿Qué nos está pasando?, pensé. ¿Porqué vamos corriendo a todos los sitios? ¿Acaso se nos ha olvidado que hay que disfrutar del camino?. Todo esto me ha hecho pensar mucho. Tiene mucho que ver con mi insistencia en pararse a pensar.

Pararse a pensar. Solo se trata de eso, me decía una amiga muy querida. Las soluciones están en nuestros pensamientos. Eres tú el que dirige tus pensamientos. Solo debes parar un momento. Observar la situación con perspectiva, dedicarle el espacio necesario. Y tendrás el jeroglífico resuelto.

Pero seguimos yendo a todos lados corriendo ¿Para qué? ¿Con qué fin? ¿Para hacer muchas cosas en un día? ¿Para ser mejor qué los demás?. Al abarcar demasiado, resulta que comienzas mil historias sin terminar ninguna con final feliz.

Cuando descubrí lo maravilloso que es dedicar un tiempo cada día para estar con uno mismo, dejé de tener prisa. Cuando pacté una cita diaria conmigo misma y pararme a pesar, dejé de correr a todos lados. Porque me di cuenta, que es esto lo que hace que seleccione exactamente las cosas que quiero hacer en mi vida, sin darle el mando al azar.

Las prisas nunca fueron buenas; vísteme despacio que tengo prisa, me decían cuando era pequeña. No se puede vivir en el presente cuando siempre tienes prisa. Permítete disfrutar del camino. Sácale provecho al viaje que hagas, día a día, vayas donde vayas.

Y entonces, también decidí disfrutar del camino al trabajo, a pesar del atasco. Subiendo a tope el volumen de esa canción que tantos recuerdos me trae. Que me hace comenzar un movimiento del cuerpo, aparentemente ridículo, bailando sentada,  mientras me miran mis compañeros de semáforo.

También decidí disfrutar de la cola del supermercado. Cuando llegas de trabajar cansada pero sin más remedio que comprar algo para cenar. Estar deseando pagar y correr a casa para cenar tranquilamente y descansar.

Pero si en lugar de ponerte nerviosa en la cola, comienzas a observar a las personas que tienes a tu alrederor, tratando de imaginar sus historias. Inventando que aquella señora con el gesto triste tal vez no tenga una vida fácil. O la sonrisa que te saca ese niño caprichoso que intenta negociar con su madre que le compre esos caramelos.

Se trata de pura creatividad. Yo misma pensaba hace años, que el adjetivo de creativa era lo más lejano a mi personalidad. Y no. Resulta que me equivocaba. Comencé a entrenar mi mente para crear la realidad que deseaba cuando carecía de ella.

A base de trabajar en ello de manera constante, llegó. Nunca olvides que el cerebro no distingue entre la realidad y la ficción. Por eso, ante las situaciones menos agradables del día, cambia el chip.

Y olvida las prisas. Enfócate en lo que hagas en cada momento. Hazlo bien. Logra la impecabilidad. Dedica el tiempo necesario para que el resultado te haga quedarte satisfecho.

No te quedes a medias. No permitas que la mediocridad de no haber dado lo mejor de ti en cada momento,  tenga a tu mente dándole vueltas a lo mismo.

Tómate la vida con calma. Las cosas seguirán allí donde las dejaste. No hace falta que vayas con la lengua fuera. No hay nada tan importante. Lo esencial es tu bienestar. Tu sensación del buen hacer. Tu éxito está en llegar a la meta habiendo aprendido algo, no en llegar siendo la misma persona que eras ayer.

Y mañana, ¿Vas a tener prisa?

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