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Nuestro lugar en el mundo

Nos empeñamos a echarle un pulso a la realidad. Nos creemos que tenemos la solución para arreglar la realidad de los demás. Para corregir sus errores.

Creemos que estamos en posesión de la verdad absoluta, que lo sabemos todo y que hemos venido al mundo a contarles a los demás el mensaje que ellos, en su ceguera no son capaces de ver. Pensamos que debemos desvelarles el secreto que tanto nos ha costado a nosotros descubrir.

Y hacemos lo que sea necesario para que así sea, para que observen hacia una dirección determinada. Para que vean cristalino lo que nosotros queremos que vean, lo que estamos convencidos que deben ver, para aclararle los colores borrosos de su realidad. Asumimos a nuestro antojo el papel de maestros y enmendamos sus equivocaciones. O lo que nosotros pensamos que son sus equivocaciones.

Con tal de salirnos con la nuestra, somos capaces de alzar el volumen de nuestra voz sin  importarnos cuánto dolor podamos causar con nuestras duras palabras. De repente, tenemos un doctorado en la vida. Como si nada, lo sabemos todo y poseemos la tajante verdad.

Nos olvidamos de medir  los efectos nocivos que nuestras palabras, cargadas de auténticas evidencias, puedan causarles. El dolor nos enseña, decimos. El dolor es necesario,  pensamos.

Nos han entrenado en que el dolor enseña. Hemos crecido con la creencia de que solo si lo pasamos mal, aprendemos. Entonces consideramos un mal menor hacer daño a alguien.

Nos convencemos de que lo hacemos por su bien. Para que él aprenda, a través del dolor, como te ha pasado a ti. Porque tienes la absoluta convicción de que debe ser feliz de una vez por todas. Sin embargo, la felicidad es tan relativa…

¿Qué es para ti ser feliz? ¿Qué es ser feliz para cada una de las personas?

Decimos todo lo que consideramos que se debe saber de una vez y nos quedamos más tranquilos, más a gusto, porque consideramos que es nuestro deber. Nos disfrazamos con la armadura para protegernos de lo que pueda venir de vuelta. Hacemos la buena obra del día. Hemos desempeñado con sudor y lágrimas nuestro castigado papel de salvadores del mundo.

He comprendido que esto no funciona así. Que cuando te dispones a resolver la vida de otros, estás usurpando su lugar, constituyendo una autoridad que no te corresponde, colocándote en un lugar muy lejano al tuyo. Con esta actitud, desconfiamos de las capacidades que todas las personas tienen en su interior. Les quitamos su fuerza. Les hacemos olvidar su potencial creándoles obstáculos externos.  Y aunque en algunas ocasiones, cueste encontralas, todos podemos crear nuevas habilidades. Siempre acaban resurgiendo. Cuando nosotros decidimos que así ocurra.

He comprendido que la vida de cada uno nos pertenece a nosotros nada más. Sólo nosotros somos responsables de lo que en ella ocurre, que nada que le quite fuerza a alguien puede servirle de ayuda, ni siquiera porque el objetivo sea devolverle esa fuerza perdida, ni siquiera porque pensemos que es lo mejor para él. Esta es la filosofía del coaching, una de sus premisas: La responsabilidad personal.

¿Cómo sabes qué es lo mejor para los demás?
Aunque los veas sufrir, aunque comprendas su ceguera, creo que poco más podemos hacer que honrar su destino, respetar su camino, estar ahí y seguir siendo para ellos quienes somos, su hermano, su amante, su primo, su amigo, su vecina, su maestra, el portero de la esquina…

Sólo debemos ser quienes somos con nuestra honestidad por delante y con la mirada de amor más profunda que tengamos. No. No es necesario herir a alguien para que vea lo que no ve. El dolor vendrá en la medida de sus resistencias a aceptar la realidad, a asumir su responsabilidad, a tomar las riendas de su vida.

El dolor tiene su lado bueno. Acabas aprendiendo. Lo que duele, curte, te hace crecer. Cuando ha habido dolor ha sido porque era la única forma en la que yo iba a lograr ver. Cuando ha llegado el dolor, ha sido siempre para limpiar, para llorar y curar, para cerrar heridas, para sanar.

Y el dolor ha llegado cuando he dejado de resistirme. Cuando por fin le he abierto la puerta. Si no me había quitado antes la venda, era siempre por mis resistencias. Por no querer aceptar, por decidir seguir obcecado, por elegir mirar hacia otro lado en lugar de enfrentarme.

Siempre, por mucha ceguera que alguien tenga que hasta te duela verla, respeta el proceso  de cada uno. Evita usurpar el lugar que no te corresponde  y permite que cada quien tome las riendas de su vida. Cada quien tiene su momento. Cada cual tiene su ritmo.

Vivimos en un aprendizaje constante que no tiene fin. En mi opinión, nadie puede hacer por ti más de lo que puedes hacer tu mismo. Nada que genere dolor a otro merece la pena. No es necesario. En realidad lo único que nos ayuda son nuestras comprensiones, no las palabras de quien ha pretendido por un segundo, robarle al orden del universo lo que tiene dispuesto para nosotros.

Engrandece tu destino y el de los demás. Yo decido querer a los demás como son, sin pretender cambiarlos, estando ahí, muy cerquita de ellos, por si necesitan nuestra ayuda. Desde la postura de un mero observador, expectante. Sin perder la esperanza. Confiando en ellos con el fin de darles poder para florecer su aptitud.

Esperando que un día, así de repente, hayan recuperado su fuerza, la que alguna vez tuvieron. Y tomen de nuevo las riendas de su vida y comprendan por sí mismos que no somos uno, que aquí contamos todos.

Y celebrar sin parar, sentirnos más vivos que nunca,  agradeciéndoles que hayan sido capaces de ver, de agradecer y de aceptar.

Y cada uno desde su rincón. Desde nuestro lugar consonante. Desde el espacio donde vibramos. No ocupando ya nunca más los lugares de otros.

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