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Repara tus alas y alza el vuelo

repara tus alas y alza el vuelo

Yo me miraba al espejo y solo podía ver el reflejo de palabras como, hasta aquí hemos llegado. Las letras de la música que escuchaba hablaban de que había llegado la hora de pensar en mí. Todo eran señales. La vida por fin me guiaba hacia mí querer. O mejor dicho, yo por fin me permitía pensar en mí antes que en el resto. Debía aprender a quererme. Me quedaba un largo recorrido… y sigo en él.

Cuando llevas mucho tiempo caminando junto a alguien, vigila que no acabes deambulando, sin avanzar. Pon todos los sentidos y trabaja, cada día, para que se mantengan vuestras sendas unidas. Observa si van hacia la misma dirección.

A lo largo de la vida, en alguna ocasión, nos ha tocado enfrentarnos al momento en el que nos toca alzar el vuelo. No hay elección. Ese día en el que descubres que la única alternativa es salir de ahí como sea. El dolor, había llegado a su límite. Tocas fondo. Debes irte lejos o acabarás quedándote para siempre en un lugar que no te corresponde. A veces ocurre. A pesar de que tu mente te diga lo contrario, el corazón manda. Y los caminos se convierten en laberintos sin salida. No te has dado cuenta de que hace años que esos senderos son paralelos y que ya nunca se encontrarán en ningún punto.

Hubo muchas noches en las que sabía que esos caminos nunca se volverían a juntar. Cuando amanecía, yo me dedicaba a subir una montaña, sin ser consciente, de que no tenía a nadie al lado, si no detrás y tan lejano, que ni lo podía ver. Decidí ponerme en marcha, quería llegar a la cima. Sin embargo, estaba sola. Y poco a poco, día tras día, vas comprendiendo que la otra persona realmente no quiere subir a la misma cima. Subíamos montañas diferentes, pensando que teníamos el mismo sueño. Yo era la única dueña de aquel sueño. Al parecer no lo compartía con nadie. Y a medida que avanzábamos, cada uno en su montaña, nos alejábamos más. Estábamos tan apartados de la realidad, que solo una bofetada podía hacernos reaccionar.

Cuando te das el tortazo, te despiertas. Y no puedes creer todo lo que ha pasado mientras estabas dormido. Qué bonito era seguir soñando. A mi me gustaba estar en ese sueño permanente y sin dolor. Era tan placentero. Tomas la decisión de alejarte de un lugar en el que sabes que el dolor solo se va a incrementar si sigues allí. Un lugar donde si permaneces, vivirás en el sufrimiento. Sin embargo, decides volar cuando tus alas aún siguen rotas. Volverás a caer y va a doler. Has intentado cambiar la situación hasta que te has dado cuenta de que la única manera de salir de ahí es cambiar tú. Y continuamente hay algo que te hace regresar. Cuando has intentado irte, has sentido la fuerza de un imán que te trae de nuevo. Es como un resorte que hace que cuando saltas, vuelvas a caer. Sin embargo, te ronda un poder celestial. No sabes nada de lo que te espera al saltar desde ese precipicio. Lo que si sabes es qué quieres caminar por las calles con la espalda erguida y la cabeza bien alta.

Tocaba reparar las alas rotas. Las que un día volaron muy alto. Porque ya lo habías hecho antes. Sabías hacerlo, sin embargo, se te olvidó cómo. Volaste tan alto, que llegaste hasta el sol. Entonces, tus alas se quemaron, convirtiéndose en cenizas. Reparar tus alas requiere tiempo y esfuerzo. Ganas y constancia. Consigues levantarte, para evitar más pisadas. En tu interior hay una mezcla entre miedo (o pánico), emoción, curiosidad, inquietud e inseguridad.

Por fin has logrado escapar de las redes que te atrapaban. Y sigues sin tener ni idea de lo que te espera. ¿Qué será aquello que hay fuera? No tenemos ni idea de cómo van a ir las cosas. Hay que ser positivos. Confiar. Lo que sí sabemos con certeza es que nos vamos llenos de ilusión, ganas y esperanza. Sientes un vacío muy grande, es un gran cambio en tu vida. Sientes la libertad que te da paz y a la vez vértigo. Y comienzas a llenar esos vacíos. Llenas tu tiempo de cosas sin sentido. Tienes la agenda repleta de planes, que en realidad, no te apetecen nada.

Estás agotada y realmente lo que necesitas es dormir. Sin embargo, no permites que llegue la noche porque sabes, que no vas a poder pegar ojo. Así que tus días avanzan, los meses pasan y sigues sin sentarte en el sofá contigo misma y pensar. Abrazar tu soledad.  Pensar en lo que está ocurriendo en tu vida. Ser realista y darte cuenta de que no haces más que huir.

Yo recuerdo que tenía tantas ganas de volar… Todavía me acuerdo la de cosas que cambiaron en mi vida. Necesitaba distancia, lejanía, independencia, me lo pedía el cuerpo. Y de tantas ganas, y de tanta prisa por correr, me olvidé de caminar. Quizás podía haber evitado muchos sufrimientos. Sin embargo, la paciencia nunca ha sido mi máximo. De hecho sigue siendo un punto débil. Y la vida, tan sabia como es, me va poniendo situaciones en las que la única salida y la más luminosa, es la paciencia. Y es que las prisas nunca han sido buenas. Antes de correr hay que aprender a caminar. Antes de volar, hay que asegurarse que tus alas están enteras, fuertes y firmes. Antes de tomar una decisión, hay que meditarla. Antes de hablar, debes pensar lo que vas a decir. Antes de elegir, debemos valorar todas las alternativas. Con calma y parándonos a pensar.

En resumen, solo se trata de pensar. ¿Suena fácil? A mí todavía me cuesta. Al final para no darte de bruces contra la pared, únicamente hay que pensar.

Repara tus alas y vuelve a intentarlo. Ya no eres esa persona del pasado llena de miedo. Y recuerda, quien solo regala ausencias, no merece tu presencia.

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