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Lo tengo todo

Jamás pensé que llegaría a decirlo: Lo tengo todo. A fecha 19 de noviembre de 2017, es un hecho. Aún quedándome miles de sueños por cumplir y sueños que todavía no se me han ocurrido, pero que se me van a ocurrir, seguro. No es un estado de conformismo, es un estado de aceptación y confianza que te dirige hacia tu paz interior.

Y algunos podrán pensar. Claro, es fácil, tienes una vida feliz así que es normal que lo tengas todo.

Ojo, que nadie se equivoque, os recuerdo, que creas lo que crees. Mi vida es feliz porque así he decidido que lo sea. Fue una decisión que tomé hace unos años. La mejor decisión de mi vida. En la que a pesar de los inconvenientes de la vida, que a mí no me gusta llamarles así porque lleva una connotación negativa, tu felicidad, no es negociable.

Lo tengo todo

Más que inconvenientes yo le llamo retos. Pruebas que atraemos nosotros mismos. Ya sabéis que no lo elegimos de manera consciente, es algo que viene del inconsciente, del fondo del iceberg que no vemos, ese 90% que tenemos muy bien escondido en nuestras entrañas y que decide nuestro “destino”.

Cuanto más consciente y despierto estés, serás más equilibrado, coherente y estarás en paz contigo mismo. Porque ese 90% del iceberg enterrado, estará saliendo, a base de mucho pero que mucho dolor, pero te aseguro que es la ruta de peaje que más vale la pena pagar.

Así que lo tengo todo, pero lo tuve siempre, lo que pasa que no lo veía. Antes de cumplir ciertos sueños que hace años no se habían materializado, ya sentía que lo tenía todo.

La vida me dio la oportunidad de estrellarme como si de un meteorito se tratara, sintiendo que todo había terminado y que jamás iba a llenar ese agujero lleno de nada que sentía dentro de mí.

Después de toda mi vida huyendo cada vez que la vida me daba esa oportunidad de crecer y ver, esta vez fue inevitable. La vida, que sabe lo que hace, te pone esas pruebas una y otra vez delante de tus narices hasta que te dignes a escuchar. A mirar ahí dentro, pero sobretodo, a permitirte sentir.

Así que superado el bache, por medio de un proceso que duró el tiempo necesario y haciendo añicos las montañas de creencias, miedos, inseguridades y miles de enredos de todos los colores y sabores, descubrí que lo tenía todo. Que siempre lo tuve.

Y comenzó mi gratitud infinita. Todas las mañanas, en mi meditación muy a mi manera, daba las gracias (y sigo en ello). Gracias por haber despertado. Gracias por haber sentido tanto dolor como único camino para convertirme en un ser humano consciente. Gracias por darme cuenta a tiempo que nada externo conseguirá mi estado de felicidad. Porque darte cuenta de esto, es el mejor regalo que he obtenido en mi vida.

Y comencé a valorar cada pequeño detalle. El sol calentándome por la mañana. Una llamada de una amiga. Un regalito sin motivo aparente de mi madre. El saludo de alguien que te cruzas por la calle. El primer baño en el mar del verano. Un perro que se te acerca sin parar de mover la cola y dando saltos sin cesar… Un trozo de tarta de zanahoria con un cappuccino… En fin, un sin fin de maravillas.

Ya lo tenía todo. Eran esas mis respuestas a todas mis preguntas. Comprendí porque la ilusión que llegaba durante mis logros, se desvanecía como lo hace la llama en una vela de cumpleaños. Fui consciente, porque cada vez que subía un escalón y llegaba a la cima, nunca era suficiente. No me valía ni el Empire State de Nueva York ni la torre Burj-Al-Arab de Dubai.

El sabor amargo que dejaban mis logros, porque siempre quería más, me habían llevado a una carrera de obstáculos cada vez más altos y que me restaban toda la energía, en lugar de que la ilusión recargara mis pilas de motivación.

Y todo esto duele. Y el dolor siempre tiene un límite. Así que fue cuando decidí amar mis espinas. Mis partes oscuras. Mis imperfecciones. Mis equivocaciones. Afortunadamente, existen. Porque si lo supiéramos todo de la vida, ¿Para qué estamos aquí?

Y entonces, empezaron a pasar cosas. Así que, con toda mi humildad, cuando estuve agradecida por lo que había hoy y ahora, en este preciso instante y sólo podía vivir en mi presente, mi vida comenzó a convertirse en una revolución. Pacífica y alegre.

Empezaron a llegar todos esos sueños que parecían tan lejanos. Todos de golpe. Y les abrí los brazos, con miedo, he de confesar. Pero por fin me había atrevido a seguir a mi corazón a pesar del miedo, y eso se llama intuición. Otro regalo más de la vida. Ser demasiado racional, juega muy malas pasadas. Dejando fluir que es la única manera de dejarnos sentir.

Lo que tengo completamente claro, fue que todo llegó porque yo ya era feliz. Había conseguido tener una actitud alegre y positiva aún sin haber cumplido sueños muy importantes para mí. Y eso significa que no estaba apegada a ellos. Que no necesitamos sufrir mientras esperamos, porque en realidad no necesitamos nada para ser felices.

Para mí es un estado de pura confianza, totalmente contraria al miedo. Ese es mi truco si os sirve de algo. Confía. Ya lo tienes todo. ¿Te atreves?

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