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Cuando mi padre decidió ser feliz

Mi padre es de las mejores personas que llenan mi vida. Tiene un corazón inmenso. Ojalá algún día mi corazón aprenda a ser un corazón como el suyo. Siempre le he admirado, desde muy pequeña. Recuerdo que me llevaba a sus viajes de trabajo y me compraba zapatos. Sí, zapatos, mi gran perdición. Ya con 8 ó 9 años apuntaba maneras.

Cuando nos fuimos a vivir a México, pasaba largas temporadas sola con él por diversas circunstancias. Él tenía muchos compromisos profesionales y a mi me daba miedo quedarme sola en casa. Y él, sin ningún tipo de vergüenza se presentaba en la Embajada o en cualquier otro encuentro diplomático con su hija de 11 años.

Así que tuve la gran suerte de convivir con personas mayores y sabias desde muy pequeña. Yo me quedaba callada escuchando sin entender mucho, o más bien nada,  pero siempre muy interesada en todos los temas. Y así fueron pasando los años y mi padre y yo compartimos tantas cosas que nos unieron de una manera muy especial.

Y así hemos seguido, con nuestros más y nuestros menos pero siempre con esa complicidad y compresión altruista. Él siempre me ha exigido mucho y me ha dicho las cosas claras. Y yo con él también he sido muy exigente.  Las cosas como son y sin ningún pudor. Muchas veces sintiéndolas como un jarro de agua no fría, sino helada. Sin embargo al venir de él, me hacían pensar y la mayoría de las veces le acababa dando la razón.

Y como no hay persona perfecta ni queremos personas perfectas, porque serían robots… resulta que una de las cualidades menos atractivas de mi padre es que tiende a ser algo negativo. Y chocamos mucho porque yo soy el positivismo andante. Sé que debo respetar y comprender, sin embargo esta parte me cuesta entenderla. Ser negativo te hace infeliz. Ser pesimista acaba con tu energía y te agota a ti y a los de tu alrededor.

Cuando terminé mi máster en inteligencia emocional, tuve que realizar un proyecto de fin de curso. El reto era aplicar nuestros conocimientos y experiencia adquiridos a un campo determinado. Después de dar muchas vueltas, decidí darle un enfoque un poco más personal.

El título de mi proyecto era: MI PADRE.

A pesar de que mis queridas profesoras me avisaron de la complicación del proyecto, yo quise seguir adelante. Y así me apoyaron y me fueron aconsejando para saber como dirigirlo para su posterior aplicación.

Había olvidado decir que antes de tomar la decisión, por supuesto le pregunté a él. Le comenté que haría un proyecto y que me encantaría que él fuera el protagonista porque sentía la necesidad de ayudarle. Me hacía mucha ilusión aplicar todo el aprendizaje sobre inteligencia emocional que ya formaba parte de mi.

Así que dediqué el verano a diseñar el proyecto y de vez en cuando le insinuaba a mi padre que nos esperaba trabajo duro juntos. Él decía: Bueno, yo lo voy a intentar pero no prometo nada.

Llegó el día de presentación del proyecto. Yo estaba excesivamente nerviosa. Mis compañeros salían a exponerlo y hablaban de como aplicar sus conocimientos y experiencias. Ellos eligieron aplicarlo a un entorno profesional.

Yo pensaba: ¡Me he metido en un gran lío!. Por fin me tocó salir y a pesar de que me temblaba la voz, conseguí presentarlo. Mis compañeros me miraban con cara de alucinados. Y nunca olvidaré la enhorabuena que me dieron por lo valiente que era queriendo ayudar a mi padre con la mezcla y explosión de sentimientos y emociones que aquello suponía.  Yo no tenía ni idea que eso era ser valiente.

Cuando recibí el feedback de mis profesoras, mi visión dio un giro radical. He de decir que me abrieron los ojos y se me presentó un horizonte nuevo donde empecé a sentir tranquilidad. Yo me había empeñado en trabajar con mi padre emociones como tristeza, enfado y miedo y a enseñarle a identificarlas y gestionarlas.

Me explicaron que a una persona de su edad, con todas sus vivencias y circunstancias de la vida, y que además, aparentemente no había elegido cambiar, era complicadísimo de aplicar. Además, había que sumarle que soy su hija más pequeña por lo que el papel que yo quería desempeñar tal vez  no me correspondía.

Entonces, me ofrecieron la alternativa de trabajar con él solo emociones agradables. Es decir, pensar en momentos y actividades que le hicieran sentir bien, que le hicieran pasar buenos ratos, conversaciones interesantes, charlas bonitas. En realidad, solo hacerle sentir bien y escuchar sus necesidades. Sin juzgar, sin querer cambiarle, aceptando como es.

Así que os diré que no creo que yo haya hecho nada en especial. Quizás mi cambio de actitud de presionarle a dejarle fluir, ha ayudado. Sólo sé que mi padre ha decidido ser feliz. Con 82 años. Que lo admiro más, si cabe. Que pasar tiempo con él es un verdadero placer y que lo disfruto muchísimo. Que no puedo estar más orgullosa de él y que el pensarlo me emociona inmensamente.

Gracias papá, no pares de dar ejemplo. Solo espero poder llegar a algo parecido a lo que tú has llegado a ser en algún momento de mi vida.

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