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Ley de causa y efecto

Algunos empiezan a vivir desde el día que nacen. Otros comienzan a los 20. Y otros tantos deciden hacerlo a los 80. Me refiero a vivir de verdad. No a sobrevivir, sino a vivir feliz, en plena conciencia y de manera coherente.

Otros nunca lo consiguen, porque así lo deciden. Muy respetable… Eligen el sufrimiento, la queja, la culpa, la frustración, el rencor… y mil adjetivos más que sólo eluden la propia responsabilidad. La responsabilidad personal.

Lo que más me llamó la atención al formarme como coach fueron justo esas dos palabras. Conciencia y responsabilidad personal.

A pesar de mi positivismo (para algunos exagerado) conozco a pocas personas en plena conciencia y que se sientan responsables personalmente de sus vidas. Muy pocas.

A lo mejor es que apenas estoy entrando de lleno en ese mundo y alejándome de aquel que me resta energía y me hace descolocarme de mi centro.

La ley de causa y efecto

Y a medida que decido alejarme de aquello que no resuena conmigo y acercarme a lo que hace latir más fuerte mi corazón, me siento mejor.

Me están pasando cosas mágicas desde que me abrí al mundo. Desde que decidí abrir mis brazos de verdad. A todo. A la experiencia de la vida. A lo que venga. Sin ningún tipo de miedo.

Cosas alucinantes. Gente increíble. Decidí llamarlo estado de apertura. Me he dado cuenta que cuando alguien se posiciona en estado de apertura, todo puede ocurrir.

Un mundo indescriptible e infinito de posibilidades. No puede explicarse con palabras. Hay que sentirlo. Sentir es la mejor decisión que tomé.

El otro día estuve a punto de tener un accidente de coche. Te das cuenta como en un microsegundo, tu vida puede cambiar. Sin dramas ni riesgo de haberme muerto, aclaro.

Fue magnífico. Es como si yo supiera con antelación la jugada que me iba a hacer el coche de al lado. Y decidí dar un acelerón. Solo porque intuí sus intenciones por el rabillo del ojo. Y me rozó. Fue como si los coches se hubieran dado una caricia rápida.

Entonces paré. Comprobé que nada había pasado. El conductor del otro coche paró en el otro lado de la rotonda, donde pudo, y me hizo una seña de que todo estaba bien. Así que me subí al coche y empecé a llorar como una niña pequeña camino a casa.

Y al analizar la emoción que estaba sintiendo en mi cuerpo, me di cuenta que no era miedo, ni rabia por el poco caso que me hizo la otra persona… No. Era un sentimiento de pura gratitud. Así lo sentí.

Porque al estar tan conectada siento que la vida me ayuda constantemente. Y que algo ocurrió en ese instante en el que decidí acelerar para evitar el golpe.

Magia. Otra vez. Me encantaría poder transmitiros con este escrito todo lo que sentí. Era como si hubiera tenido, una razón más en mis días, para confiar.

La confianza es el sentimiento que me da súper poder. Confío en todo. En lo que llega. En lo que se va. En quien viene. O quien hace las maletas y sale de mi vida. En aquellos deseos que todavía no se han cumplido pero que se que encontrarán el hueco perfecto en mi vida. Algún día.

Confío en lo que me hace sentir bien para continuar por ese camino. Confío en aquello que me quita energía y decido sacarlo de mi realidad. Pese a quien pese. Pase lo que pase. Porque tu paz, no es negociable. Jamás.

Y esa confianza tan anhelada no es más que la intuición. Tu voz interior. Tu corazonada. Tus señales… Tu, como quieras llamarlo.

La pura verdad (mi verdad) es que tenemos todas las respuestas. Solo tenemos que escuchar a nuestro corazón. Pero en estado de apertura. En la posición del sí de este preciso instante. En abrirte a la experiencia de la vida aquí y ahora.

Lo que está pasando ahora mismo es un accidente perfecto. Ahora bien, en el momento que lo catalogas de bueno o malo, ya estás juzgando.

El juicio en negativo nos lleva a la queja y la queja nos convierte en víctimas.

Si no estás satisfecho con tu momento presente cámbialo. Pero cámbialo tú. No esperes que el de al lado cambie. Tú eres quien tiene el conflicto. Tú decides sentir lo que sientes. Trabaja en ti.

O acéptalo. Quejarte es solo pura contaminación. Y si nos contaminamos continuamente a nosotros mismos, imaginaros como está el mundo.

O más bien, observar el mundo. Está contaminado porque sus seres humanos están completamente contaminados, de juicios, críticas, quejas y círculos viciosos que llenos de miedos que se repiten sin césar. Acordaros que somos espejos y nos reflejamos en todo y todos en cada momento.

¿Volvemos a empezar?

Si comes algún alimento que te sienta mal, ¿Volverás a probarlo? Tal vez una o dos más, pero una cabeza pensante normal… no lo probaría más.

Entonces, ¿Por qué elegimos pensamientos dañinos que nos sientan mal? Y que nos encaminan hacia resultados que no queremos. Y que además, no existen. Tus pensamientos son ilusiones.

Y si además te cuento, que tus pensamientos y emociones se convierten en materia, es decir, nuestra mente tiene el poder de transformar nuestros pensamientos y emociones en algo material.

En algo real. En algo que sucede en carne y hueso. Como por ejemplo cuando nuestro cuerpo enferma a raíz de emociones bloqueadas. Las que no nos permitimos sentir ni hablarles de frente.

Con esto no quiero decir que cuando lleguen los pensamientos negativos los intentemos evitar. No. Se trata de aceptar este instante como llega. Aceptar y sentir. Huir no sirve más que para tapar la fuga de la cañería con algodones.

Siente Siente y Siente hasta que lo sientas tanto que sólo puedas soltarlo y dejar ir. Y así, conseguirás liberarte de tu propia prisión. Y serás libre.

Como conclusión te hago la siguiente pregunta:

¿Elegirías ahora pensamientos positivos, llenos de confianza y amor hacia ti, para crear tu propia realidad?

Gracias por leerme. Gracias por ser y estar. Yo sin vosotros no sería ni estaría.

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